LA PAREJA : ¿Evolución ó estancamiento? I

La pareja : ¿evolución o estancamiento? I

Evolución histórica

La unión entre el hombre y la mujer ha ido evolucionando desde que fue institucionalizada por primera vez en Mesopotamia el año 4.000 aC. En aquella época se especificaba por escrito el pacto entre el hombre y la mujer, cuáles eran los derechos y los deberes de la esposa, el dinero que recibiría la mujer en el caso de ser rechazada por el marido, y el castigo que se le impondría a la mujer en el caso hipotético de que fuera infiel su esposo. Sí, las cosas han cambiado, pero no tanto!

Stephanie Coontz, autora de uno de los grandes ensayos de referencia sobre el tema, Historia del Matrimonio – Cómo el amor conquistó el matrimonio, afirma que “algunas de las cosas que la gente considera tradicionales son en realidad innovaciones relativamente recientes”. Así por ejemplo, la “tradición según la cual el matrimonio debe ser aprobado por el Estado o santificado por la Iglesia” sólo tiene 2.000 años de antigüedad. Y no sólo eso. Hay otros aspectos que mucha gente piensa que son nuevos, y en realidad no lo son. Las relaciones extramatrimoniales o los nacimientos fuera del matrimonio son más comunes y aceptados en el pasado que actualmente. En Esparta, la homosexualidad era permitida, aunque el matrimonio era obligatorio.

Seguramente que muchos de vosotros os haréis esta pregunta: porque se formalizó por primera vez la relación entre hombre y mujer? Una respuesta muy compartida encuentra la razón en el control social de la pareja y en el objetivo de desarrollar un contexto que favoreciera la crianza de los niños/as, y la conservación de estructuras sociales superiores (familias, grupos sociales) establecidas alrededor de la pareja legalizada.

Las élites aprovecharon la estructura del matrimonio para mantener su poder. Los vínculos sociales y la expansión de territorios se establecían por medio de los matrimonios, que reforzaban las alianzas mediante los herederos comunes. Sí, sí, como Juego de tronos. Te doy mi hija, me das tus tierras.

Antiguamente el matrimonio era un pacto de intereses. Para los sumerios, el matrimonio era un contrato entre el padre de la novia y el novio por el que se establecía una relación de colaboración. En Esparta por ejemplo, como ya he dicho antes, la homosexualidad era plenamente aceptada, pero el matrimonio era obligatorio. La constitución de Esparta, llamada Gran Retra, establecía que el matrimonio sólo se podía contraer a partir de los 20 años, y que el marido debía fecundar su esposa y, a continuación, volver a reunirse con los hombres. El objetivo era crear varones fuertes. Plutarco decía que esta norma hacía que los hombres evitaran cansarse de la relación y de entrar en el declive de los sentimientos que conlleva la vida en pareja.

La Iglesia impone la monogamia y prohíbe la consanguinidad. El imperio romano tenía unas costumbres muy peculiares. Entre sus opciones de matrimonio destacaba el coemptio, que se puede traducir por compra recíproca, forma de contrato precursora del matrimonio moderno. Los dos miembros de la pareja se hacían regalos, eran libres de cualquier imposición paterna y, por regla general, esta relación se daba entre la gente del pueblo. Es el modelo más cercano a las bodas actuales.

En la cultura occidental hay más modelos. El pueblo hebreo defendía la poligamia, lo que inspiró a los mormones siglos más tarde. En la Biblia se dice del Rey Salomón que tenía más de 700 mujeres y 300 concubinas.

Con el declive del imperio romano y una mayor hegemonía de la Iglesia, las cosas cambiaron. La Iglesia impone que el matrimonio es una unión ante Dios, y no ante el hombre, sacralizando así lo que hasta ese momento había sido una unión civil. La monogamia se impone y se prohíbe la consanguinidad. Se establece la unión matrimonial como indisoluble, y así será durante siglos. Tanto es así que Enrique VIII tuvo que fundar su propia religión para poder divorciarse.

En 1215, en el Concilio de Letrán, el matrimonio pasa a formar parte de la lista de sacramentos católicos, y el Concilio de Trento prohíbe el matrimonio por rapto, una práctica muy frecuente en aquella época. Durante los siglos XII y XIII, el amor extra marital era considerado el amor por antonomasia.

Finalmente el amor llega al matrimonio.
A principios del siglo XVIII, Daniel Defoe afirmó que el matrimonio era “prostitución legalizada”, una visión en consonancia con el rol de la mujer en aquella época.
La ley inglesa despojaba todas las mujeres (a excepción de la reina) de sus posesiones cuando contraían matrimonio. No podían poseer tierras ni tener control sobre sus posesiones, lo que, de alguna manera, se ha mantenido hasta mediados del siglo XX, cuando las mujeres todavía eran obligadas a contar con el permiso de su marido para abrir una cuenta bancario o comprar un coche. La dote era una moneda de cambio habitual.

En 1856, 26.000 mujeres reivindicaron el derecho de disfrutar del producto de su trabajo. El Romanticismo de la primera mitad del siglo XIX y la revolución industrial, que favorecieron la aparición de una amplia clase media, instauraron el amor como centro de la pareja. El hombre ya no vivía en el campo, sino en la ciudad, y podía elegir con quien quería convivir, gracias al fruto de su trabajo, que le daba autonomía económica. Aparecen los primeros movimientos liderados por mujeres, que reivindican su derecho a decidir, y que cambiarán para siempre la visión de la pareja.

Siglo XX

Sigmund Freud también desacreditó las uniones por interés. Poco a poco, los matrimonios de conveniencia volvieron a ser patrimonio exclusivo de casas reales y de alta aristocracia. Podemos decir que, finalmente, el amor triunfó. Los divorcios también. La visión que a partir del siglo XX prevaleció en relación a la pareja, es muy diferente de la que predominó los milenios anteriores, y está determinada por dos factores esenciales. Por un lado la adquisición de los derechos de la mujer, con una mayor igualdad de condiciones en relación al hombre; por otra parte, la desacralización de la unión de la pareja, en consonancia con la pérdida progresiva de peso de las religiones en la vida privada.

El horizonte de la mujer deja de ser el de ama de casa, y los divorcios aumentan. Si el siglo XIX fue el siglo del amor, el XX fue el del sexo, especialmente a partir de la década de los años 60. Las relaciones sexuales esporádicas dejan de ser tabú y comienzan a ser aceptadas (incluso aplaudidas) socialmente, y los métodos anticonceptivos contribuyen a hacerlo todo más fácil.

Finalmente, en los años setenta la legislación de la mayoría de países occidentales ya se puede considerar neutral para hombres y mujeres que, si bien tienen roles diferentes en la pareja, la legislación les reconoce de manera igualitaria.

Los divorcios aumentan en un 100% en los EEUU entre 1966 y 1979 y se convierten en práctica habitual en Occidente. El horizonte vital del sexo femenino ya no es únicamente ser ama de casa y esposa.

A la pareja aún le faltaba una barrera para cruzar, la de las relaciones homosexuales. España aprobó los matrimonios gays en julio de 2005, y en abril del mismo año Francia hizo lo mismo, y la misma semana el Tribunal Supremo de los EEUU declaraba inconstitucional la ley contra el matrimonio homosexual, que establecía que la única unión posible es la que se produce entre un hombre y una mujer.

Si bien hemos podido ver que ha habido una gran evolución en el modelo de la pareja, hay que decir que hemos llegado a un estancamiento. El alto porcentaje de divorcios que se dan en las sociedades más desarrolladas nos autoriza a cuestionar el modelo convencional de la pareja como un modelo que está en crisis y conduce al estancamiento, pero eso lo veremos en el próximo artículo.

 

Ramón V. Albareda

Psicólogo. Teólogo. sexólogo

Creador de ESTEL. Centro de Crecimiento Personal y Escuela de Estudios Integrales.

 

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2018-10-13T11:33:33+00:00